El hombre de éste siglo tiene
un agujero en el sombrero,
tantas copas como cuentas,
un cáncer en el duodeno,
un puñado de mierda
siempre pronta a los labios,
besos rápidos de cianuro
y abrazos sulfurados.
Es una rata argentófila
con un juego de porcelana inglesa,
botones de hueso blanqueados
y una puta sentada a la mesa.
El desenfreno es su mejor deporte,
junto a las anécdotas improvisadas,
paga con lunas de vidrio barato,
luce con orgullo su moralidad cariada.
Es oriundo de La Desgracia,
amante sempiterno de la Decadencia,
epitafio amargo de la Historia,
Senador fiel de la Conveniencia.
