Dadme la autoamnistía
de mi última neurosis
y revertid las reacciones
de mi impunidad mal lograda.
Saludad en caravanas a la distrofia
de mi voluntad cercenada
y, a la sublimación de la histeria,
dadle discursos de labilidad emocional.
Con manos nauseabundas de gracia
recorred mi distimia y sus aledaños
(ignorad su coma alcohólico
y/o estado de shock permanente),
buscad en la falangina de su pulgar
los ecos antiguos de la cordura.
Pedidme que os cuente,
en la sinartrosis de la terquedad,
que la capacidad de dar trabajo
es igual a la gasa
por la velocidad de la pus al cuadrado
y, si lo entendéis o dilucidáis su significado,
os permitiré, entonces,
investigar mi cáncer lunático
en la epífisis de su piratería,
a su taquipnea lujuriosa
y honestidad con disritmias que,
con la onicofagia,
empezará su larga cadena
con destino final al suicidio.
A quiénes la objeción os deniegue,
condenadme, pues,
a parasomnia perpetua
en la anhedonia y la anorgasmia;
o las cefaleas, como yelmos,
hacedme pulir, si así gustáis.
A mi músculo cardíaco,
a la psique actualmente al mando
o a mi daguerrotipo literario,
desmembradlos a vuestro antojo
bajo las raíces del psicoanálisis,
pero jamás de los jamases intentéis
sonsacarme un verso solemne
acerca del amor
o hacerme cantar
sobre la costilla que me falta.
Objeción denegada.
~
Gato de Schrödinger
11 mar 2010
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